A lo largo de mi vida —como puede que a muchos os suceda— la curiosidad ha supuesto siempre una fuerza motriz que me ha impulsado a buscar con tesón algo que excedía mi entendimiento.
De hecho, ese palpitar intrínseco enraizaba no ya en una inquietud intelectual, sino que emanaba, en rigor, de la propia experiencia.
Así, con motivo del capricho circunstancial, el reencuentro con la filosofía se produjo de un modo casi casual; al menos en apariencia.
Fue entonces cuando creí encontrar refugio, y junto a él cierto respiro, en medio de una coyuntura marcada por la adversidad.
Convencido de haber llegado a ese templo inexpugnable y seguro en donde hallar al fin respuestas, confié en que en su interior recobraría una paz que hacía tiempo había hurtado la contingencia.
Sin embargo, la filosofía tenía otros planes muy distintos. Unos que en absoluto respondían a mis pretensiones o inferencias, pues estos obedecían sólo a su propia naturaleza.
¿A qué me refiero? Esencialmente a que, como habréis oído mencionar, esta disciplina no enuncia respuestas cerradas, sino más bien propuestas. Ya se encuentren estas mejor o peor fundadas.
De este modo, el filósofo no trata, o al menos no debería, de postular axiomas. Es decir, de establecer proposiciones irrefutables que pretendan la categoría de dogma.
La labor filosófica consiste, desde mi humilde perspectiva, en plantear posibles explicaciones, en examinar cuestiones y analizar problemas, mas nunca en predicar “verdades absolutas”. Por mucho que tales proposiciones puedan suponer una contestación plausible a la más acuciante de las dudas.
Semejante ejercicio no es objeto del quehacer humano, pues trasciende nuestra capacidad congénita.
La certeza de este hecho, algo que Sócrates ya advertía, había sido recogida también, siglos atrás, en las Upanishads —raigambres textuales de la filosofía hindú— en esta preclara sentencia:
Los que pacen sin más en su ignorancia
de cierto están sin luz, pero en quien cree saber y se envanece,
más grande es la ceguera.
— Īśa Upaniṣad, 9¹
Pero entonces, si la filosofía no posee esa infalibilidad epistémica, si no puedo hallar en ella solución a mis interrogantes, ¿de qué me sirve? ¿Acaso solo avala la formulación de mejores preguntas?
¿Hemos siquiera de buscar en ella una utilidad, o bien debemos reparar en su singular genuinidad, tomándola pues como un fin y no como un medio?
De acuerdo con los escritos de Diógenes Laercio —insigne escritor, doxógrafo e historiador de la filosofía griega— Antístenes, precursor de la corriente cínica, fue interrogado por esto mismo:
Cuando le preguntaron [a Antístenes] qué beneficio había obtenido de la filosofía, contestó: “La capacidad de dialogar conmigo mismo”.
— Diógenes Laercio, VI (Los cínicos), 6.²
También Marco Aurelio, eminente emperador romano y referente del nuevo estoicismo, habló de ello en sus Meditaciones, con una hondura y lirismo notables:
El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras: Todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor, lo que es propio del alma; la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido. ¿Qué, pues, puede darnos compañía? Única y exclusivamente la filosofía.
— Marco Aurelio, Meditaciones, II, 17.³
En mi caso, a lo largo de estos años de esmerada indagación, creo haber atisbado una tenue conclusión al respecto:
Si bien la filosofía atesora una fuente de inagotable saber, aquel que ha sido vertido a lo largo de milenios por algunas de las mentes más brillantes que han caminado sobre esta tierra, su cultivo no promete y mucho menos otorga una solución a nuestros problemas.
No es por ende un cofre mágico cuya apertura radie una luz que, reveladora, nos imbuya de omnisciencia. Lo que sí puede brindar, entre otras muchas cosas, es una pauta de vida.
Una guía con que examinar cuantos pensamientos, eventos u objetos elijamos escudriñar. Una urdimbre sapiencial de incuantificable poder que no desfallece ante cada nueva pregunta, sino que nutre con ellas el vigor de su esencia.
Aceptando así la limitación que nos es propia, lo cierto es que no se me ocurre una compañía mejor que la filosofía, a fin de elevar nuestra intelección y extender con ella la agudeza de la mirada. Esa que se muestra a ratos corrompible o temerosa, y que en su descuido olvida la sinrazón de que se predican el miedo o el complejo cuando van aparejados de una duda sin fundamento.
Una vez abandonada la pesquisa desesperada, comprendí al fin lo fútil de perpetuar la marcha tras la pista de quimeras, por cuanto esas ansiadas respuestas jamás llegarían.
Fue aquí donde vislumbré, por primera vez, el valor primordial que para mí entrañaba este “amor a la sabiduría”. A saber, el de ser maestra sin parangón que en su magnánima apertura nos invita a encarnar lo que cabría consensuarse como una buena vida.
Ello no obsta a que tal “meta-saber”, por otros definido cual expresión poliédrica, pueda operar como una luz fiable para quien quiera proseguir la búsqueda. Eso sí, partiendo siempre a su amparo de la serenidad que otorga el conocimiento que se aprehende, que se anexiona. Ese que primero ayuda a identificar o a reconocer, para después madurar la razón, y aún el espíritu, hasta alcanzar la templanza que la aceptación demanda.
De modo que, si el aliento es el temor o puede que la angustia, la búsqueda, entonces compulsiva, será por fuerza infructuosa.
Por el contrario, si permitimos a la calma permear a través de la conciencia que solo alumbra aquel saber que clarifica, ese que nos acerca y reconcilia con la verdad que en un principio atormenta y que, a buen seguro, asusta, entonces y solo entonces cabrá esa tranquilidad de espíritu que fue llamada por los griegos ataraxia.
Y aunque no logremos del todo alcanzarla, la experiencia me dice que cada paso cuenta. Pues cada nueva y escueta aproximación, por ínfima que en el instante parezca, abre un nuevo orden de posibilidad que replantea sin condición nuestro contacto con la vivencia.
Cambiemos pues nuestra comprensión y, desde el abrazo a nuestra ignorancia, sirvámonos de este formidable legado, de este producto del fondo humano, que en su asimilación esconde una forma diferente de relacionarnos con la eventualidad, y lo que es más relevante, con nuestra propia persona.
Y, quién sabe, quizá por ello además, con nuestra alma.
1 Arnau, Juan (trad. y ed.). Upanishads: Correspondencias ocultas. Memoria Mundi 133. Vilaür (Girona): Atalanta, 2019.
2 Pajón Leyra, Ignacio (ed. y trad.). Los filósofos cínicos: Antología de textos. Filosofía – Los esenciales de la Filosofía. Madrid: Tecnos, 2019.
3 Marco Aurelio. Meditaciones. Traducción de Ramón Bach Pellicer. Introducción de Carlos García Gual. Biblioteca Clásica Gredos 5. Madrid: Gredos, 2019.
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